sábado, 16 de abril de 2011

Viernes de Dolores y Semana Santa
Ayer, el pueblo cristiano miraba a la madre de Jesús, que es también nuestra madre. La veíamos compartiendo las angustias y sufrimientos de su hijo. La profecía de Simeón, de aquella espada que había de traspasarle el alma, se mostraba de modo especial cada vez que los portadores de la imagen se movían hacia la izquierda y la derecha. La devoción popular ha situado esa celebración, que la liturgia ofrece el 15 de septiembre, en el día de ayer, para abrir las puertas a la Semana Santa. Algunas personas, sin fijarse mucho en la condición del ser humano, pueden llegar a decir que todas las semanas son santas. En cierto sentido tendrían razón, pues todas son obra del Dios creador. Sin embargo no dudaríamos en realzar sobre las otras la que mañana da comienzo, si tomamos conciencia de que en determinados días de una semana, Jesús lo entregó todo, en medio de gran angustia y sufrimiento, para que a nosotros no nos faltara nada. ¿Qué intenta la Iglesia con una "Semana Santa"? Desde luego, quiere revivir los diversos pasos de la obra salvadora de Jesucristo. Para ello, de lunes a miércoles proclama en la Eucaristía unas lecturas del libro de Isaías, que anticipan lo que había de acontecer con Jesucristo, hecho siervo sufriente, por los pecados de los hombres. En días sucesivos, procede valorar la institución de la Eucaristía y participar en ella; unirnos a Jesús, abandonado por sus amigos e injustamente condenado a muerte, que carga con nuestra cruz y muere; vivir el silencio de la ausencia del Señor, al lado de la Virgen de la Soledad, en la esperanza de percibir muy pronto la salvación de Dios. La Iglesia intenta, pues, alimentar nuestra devoción. Para ello organiza unos actos litúrgicos de cierta solemnidad y otros actos -como las procesiones- que encajan bien en la devoción popular. La Iglesia no intenta favorecer el "turismo religioso", aunque muchos cristianos lo busquen: intenta más bien hacer la preparación inmediata de la Pascua, para lograr los mismos sentimientos de Jesucristo. El cristiano que desea aprovechar esos días que el Señor le ofrece, debe olvidarse un poco de sí mismo, a la vez que escucha la palabra de Dios, participa en la Eucaristía después de haber conseguido el perdón de sus pecados, y se une a esos actos piadosos, acompañando a Jesús por el camino de la cruz, que él realizó por nuestra salvación eterna. (José F. Lago)











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