luns, 10 de abril de 2017

SEMANA SANTA

HEMOS CREÍDO EN EL AMOR DE DIOS
Semana Santa 2017

Hace unos días, ya bien entrada la cuaresma, me acerqué a uno de los grupos de confirmación que estaban reflexionando sobre la relación fe-razón. Fue un momento muy breve en el que me sorprendió escuchar a uno de los confirmandos, describir la religión cristiana como un pensamiento, como una filosofía en medio de tantas otras, con pronunciaciones, por parte de sus dirigentes, que no están actualizadas y que él confundía con dogmas. 

No es una simple anécdota. Ciertamente, el cristianismo es un pensamiento que junto con la filosofía griega constituyen la base de la cultura occidental. Pero hay una sorprendente y original novedad respecto a la filosofía griega: el cristianismo pone en relación a Dios con la historia. El cristianismo nace a raíz de la presencia de Jesucristo abriendo una nueva época, un nuevo tiempo, y presentando a un Dios que se ocupa providencialmente de la historia, pero sobre todo a un Dios que entra en ella. Jesucristo es el rostro encarnado y cercano de Dios, preocupado por los hombres y por su vida, el rostro de Dios que busca un encuentro personal con el hombre. Por eso, más que un pensamiento es la historia de la relación de amistad Dios-hombre. Cristo es la plena manifestación de lo que Dios es y de lo que está dispuesto a hacer por la humanidad, respetando en todo momento su libertad. 

Digo que no es una simple anécdota porque se acerca la celebración de la Semana Santa y corremos el riesgo de convertirla en una reflexión, una expresión, en una repetición de lo ya hecho en años anteriores. Si a Cristo lo conocemos sólo como un personaje de la historia, como el causante de una nueva filosofía o pensamiento, o como cualquier objeto de estudio, de reflexión o de recuerdo del pasado, nuestra liturgia y celebraciones no van más allá de un mero teatro o farsa. 
“Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” Esta frase de Benedicto XVI al comienzo de su primera encíclica Deus caritas est refiere lo que significa e implica ser cristiano, y lo que me define como tal no es sino el encuentro con el acontecimiento y con la Persona: Jesucristo

Ahora bien, la fe es un don de Dios. “Nosotros podemos creer en Dios porque Él se acerca a nosotros y nos toca, porque el Espíritu Santo, don del Resucitado, nos hace capaces de acoger al Dios viviente”. La fe es un don de Dios y es también “acto profundamente libre y humano”. “Creer es fiarse con toda libertad y con alegría del proyecto providencial de Dios sobre la historia, como hizo el patriarca Abrahán, como hizo María de Nazaret. Así pues, la fe es un asentimiento con el que nuestra mente y nuestro corazón dicen su «sí» a Dios, confesando que Jesús es el Señor. Y este «sí» transforma la vida, le abre el camino hacia una plenitud de significado, la hace nueva, rica de alegría y de esperanza fiable.”

“Hemos creído en el amor” … La muerte de Jesús en la Cruz es la manifestación del amor en su forma más radical. “Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar.” 

Dios entra en la historia y lo hace de forma definitiva en Jesús de Nazaret. Y la Semana Santa es la celebración y experiencia personal y comunitaria de que “tanto amó Dios al mundo que le ha entregado a su Hijo Único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna” (Jn 3, 16). La celebración de la Última Cena, el Corazón traspasado en la Cruz y las apariciones del resucitado constituyen la base y el inicio de la Iglesia que llega a nuestros días, de la Iglesia-Nuevo Pueblo de Israel que camina iluminada por el amor de Dios, no exenta de dificultades y de pecado por el corazón tantas veces obstinado del hombre. 

Podemos conocer de oídas e incluso entender cada una de las celebraciones de la Semana Santa sin que ello suponga amar lo que celebramos. Pero no se trata de estar ni de sólo saber, sino de acompañar y de dejarse amar por Dios en el cenáculo, en Getsemaní, a los pies de la Cruz o ante la tumba vacía. No recojo notas y apuntes de la Pasión, Muerte y Resurrección, sino que mi nombre y apellidos están grabados y forman parte de este acontecimiento. La alegría de la Resurrección sólo es posible si he recorrido el camino de la Cruz, si he vivido en cada momento mi amor pobre frente al amor infinito de Dios, si he llorado mis pecados y me he sentido perdonado, y si mi confianza y esperanza las he depositado en Jesucristo. 

Participad en las celebraciones con un corazón bien dispuesto y poned el énfasis en lo verdaderamente importante. Que las procesiones y sermones sean complemento que ayuden a vivir la esencia de la Semana Santa, pero que no sean actos aislados. Animo a que nos hagamos eco de las palabras del Papa Francisco que nos invita a ser cristianos “en salida”, comenzando a salir de nosotros mismos para encontrarnos y permanecer con Él. “Salir de sí mismos, de un modo de vivir la fe cansado y rutinario, de la tentación de cerrarse en los propios esquemas que terminan por cerrar el horizonte de la acción creativa de Dios”. Y salir de nosotros mismos “para ir al encuentro de los demás, para ir hacia las periferias de la existencia, movernos nosotros en primer lugar hacia nuestros hermanos y nuestras hermanas, sobre todo aquellos más lejanos, aquellos que son olvidados, que tienen más necesidad de comprensión, de consolación, de ayuda”.


Feliz Pascua
Semana Santa 2017








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